HOMENAJE A SIMONE VEIL

Además de ser una de las tres mujeres filósofas más importantes nacidas a comienzos del s. XX, junto con María Zambrano y Hannah Arendt, Simone Weil es la que estuvo más implicada en poner en práctica sus ideales de educación y de justicia para lograr una humanidad más sabia y más libre.

Su búsqueda continua y apasionada de la verdad la lleva a estudiar Filosofía y a interesarse por todas las manifestaciones religiosas; una marcada pureza natural que se asombra ante la contemplación de la belleza del mundo y del arte, en donde presiente la huella de Dios; y una vulnerabilidad ante la desgracia de las clases más desprotegidas de la sociedad, que la llevó a luchar por mejorar sus vidas.

Ningún intelectual de izquierdas, a cuyos líderes comenzó admirando, había intentado antes que ella experimentar la vida cotidiana de los obreros, su tristeza, su desesperación, su cansancio y sus angustias vitales. 

Pero no fue solo la trayectoria de su vida y su pensamiento filosófico, su identificación con los más débiles y su lucha sin tregua por ayudarles a mejorar sus existencias lo que hace de ella una mujer admirable. Es también constatar cómo su vida fue una continua ofrenda de puro amor hacia los demás, un ejemplo de dación y sacrificio en el mejor sentido de esta palabra. Renunció a una cómoda forma de vivir para hacerlo con absoluta austeridad, rechazando incluso, en los últimos meses de su vida, comer más de lo que le daban como ración a un compatriota en el frente de batalla; pasó de ser una profesora universitaria de prestigio y brillante porvenir a trabajar como obrera en una fábrica en condiciones infrahumanas; y de ser una preciosa niña mimada perteneciente a la alta sociedad, a convertirse en una miliciana austeramente vestida.

Experiencia mística

Durante el curso 1934-35, deseosa de conocer de primera mano la realidad del mundo de los trabajadores, renuncia a su cátedra de Filosofía, en donde tenía asegurada una brillante carrera, para entrar a trabajar en una fábrica de la compañía eléctrica Alsthom. Allí experimentó, como una operaria más, las durísimas condiciones de vida de los obreros de los años treinta. Esta experiencia le produce una fuerte conmoción interior que le cambia la vida, y que la conduce a una serie de experiencias místicas que la acercarán cada vez más a la figura de Cristo, al que admira profundamente como Dios que se ofrenda por la salvación de la humanidad.

La primera de ellas es en 1935, cuando sus padres la llevaron a Portugal, y que ella misma relata en su correspondencia con el padre Perrin, la cual constituye una especie de autobiografía espiritual: « Después de mi año de fábrica, antes de volver a retomar la enseñanza, mis padres me llevaron a Portugal y un día los dejé para ir sola a un pequeño pueblo de pescadores. Tenía el cuerpo y el alma despedazados, aquel contacto con la desdicha había matado mi juventud. Hasta ese momento no había tenido otra experiencia de la desdicha que la mía propia que, al ser solo mía, me parecía de poca importancia y que, al ser biológica y no social, era solo una semidesdicha. Yo sabía bien que había mucha desdicha en el mundo –estaba obsesionada por ella–, pero nunca la había constatado de cerca y de forma prolongada. Al estar en una fábrica, confundida a los ojos de todos y a los míos propios con la masa anónima, la desdicha de los otros penetró en mi carne y en mi alma. No podía separarme de ella y difícilmente podía imaginar la posibilidad de sobrevivir a tantas fatigas. Lo que allí sufrí me marcó para siempre (…) Allí recibí la marca de la esclavitud como la marca de hierro al rojo vivo que los romanos ponían en la frente de sus esclavos más despreciados. (…) Con este estado de ánimo y en unas condiciones físicas miserables, llegué a ese pequeño pueblo portugués, que era igualmente miserable, sola, por la noche, bajo la luna llena, el día de la fiesta patronal. El pueblo estaba al borde del mar. Las mujeres de los pescadores caminaban en procesión junto a las barcas; portaban cirios y entonaban cánticos, sin duda muy antiguos, de una tristeza desgarradora. Nada podría dar una idea de aquello. Jamás he oído algo tan conmovedor, salvo el canto de los sirgadotes del Volga. Allí tuve de repente la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos, de que los esclavos no podían dejar de adherirse a ella, y yo me sentí entre ellos».

La segunda experiencia tuvo lugar dos años después en Italia, en la pequeña capilla románica de Asís donde tan a menudo rezó san Francisco. « Allí, algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas».

Al año siguiente experimentará de nuevo la presencia de Dios en la abadía benedictina de Solesmes, tras asistir a los oficios de Semana Santa: « Sentí una presencia más personal, más cierta, más real que la de un ser humano, inaccesible tanto a los sentidos como a la imaginación, análoga al amor que se transparentaría a través de la más tierna sonrisa de un ser amado. Desde ese instante, el nombre de Dios y el de Cristo se han mezclado de forma cada vez más irresistible en mis pensamientos».

Son el esfuerzo y la atención los dos valores que destaca como los más necesarios para la vivencia interior y que ella trata de integrar continuamente en su vida. A ellos alude con frecuencia en sus escritos:

«El deseo de luz produce luz, y hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo y atención. Es realmente la luz lo que se desea cuando cualquier otro móvil está ausente. Aunque los esfuerzos de atención fuesen durante años aparentemente estériles, un día, una luz exactamente proporcional a esos esfuerzos inundará nuestra alma. Cada esfuerzo añade un poco más de oro a un tesoro que ya nada en el mundo nos puede sustraer».

 

«Dos fuerzas reinan en el universo: la luz y la gravedad» (la «pesantez»). La luz es lo sobrenatural, la gracia; la pesantez es la naturaleza. La luz ilumina la pesantez y la atrae hacia sí, elevándola. La pesantez se hace, en efecto, liviana por medio de la caridad, la cual es a la vez religiosa y humana, pues transforma las almas y a la vez las mismas condiciones de vida. La experiencia religiosa no es necesariamente algo que solamente pueden vivir los «intelectuales»; es algo que pueden vivir los humildes, los obreros.”

 

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